El patrimonio geológico no puede reducirse a un escenario natural disponible para la contemplación ni a un atractivo turístico incorporado a las lógicas de promoción territorial. Allí donde un paisaje adquiere valor público, científico o económico, también emergen disputas por su uso, su sentido y sus formas de conservación. Por eso, los territorios atravesados por procesos de valorización paisajística exigen nuevas articulaciones entre investigación científica, planificación territorial, gestión turística y participación social.
Por Gonzalo Schneider
En América Latina, numerosos paisajes parecen ingresar al debate público recién cuando se vuelven atractivos para el turismo, rentables para el mercado o funcionales a las dinámicas institucional. Aquello que durante décadas formó parte de la vida cotidiana de las comunidades locales puede transformarse, de manera acelerada, en patrimonio, mercancía, emblema visual o promesa de desarrollo. Detrás de esas imágenes, en apariencia armónicas, persiste una pregunta decisiva: ¿quién define el valor de un territorio y bajo qué intereses se organizan sus formas de apropiación?
En ese proceso, las narrativas institucionales suelen privilegiar los valores bióticos, escénicos e histórico-culturales del paisaje, mientras la dimensión abiótica permanece relegada a un segundo plano, casi como soporte silencioso de aquello que se observa, se visita o se conserva. Las formas del relieve, las rocas, los procesos geomorfológicos, la historia profunda de la Tierra y las condiciones físicas que sostienen la vida social rara vez ocupan un lugar equivalente en los discursos públicos sobre patrimonio y sustentabilidad. Sin embargo, esa materialidad geológica no constituye un fondo inerte. Es parte constitutiva del territorio, condiciona usos, organiza prácticas, estructura memorias locales y también participa en las disputas contemporáneas por el sentido del paisaje.
El paisaje, por lo tanto, no puede entenderse únicamente como soporte físico-natural ni como escenario disponible para la contemplación turística. También constituye un constructo sociocultural, producido por memorias, normas, prácticas, afectos, usos y disputas históricas. En áreas protegidas, esa construcción adquiere un prisma preservacionista, orientado a resguardar valores naturales y culturales considerados de interés público. Sin embargo, frente a esa mirada aparecen enfoques que conciben el paisaje como un activo económico, financiero o ecoturístico-mercantil. Allí subyace una tensión central entre el paisaje como bien común, memoria territorial y objeto de preservación o conservación, y el paisaje como recurso apropiable, valorizable e integrado a circuitos de rentabilidad. Esa disputa no siempre se expresa de manera explícita, pero condiciona las formas de gestión, uso y significación de los territorios patrimonializados o en vías de patrimonialización.
Con frecuencia, el paisaje todavía se presenta como una superficie contemplativa desprovista de historicidad, conflictos y relaciones de poder. Predominan miradas que reducen el territorio a un recurso escénico, recreativo o económicamente valorizable, desligado de las dinámicas sociales y ambientales que lo configuran. En consecuencia, numerosos territorios latinoamericanos comenzaron a experimentar procesos simultáneos de turistificación, mercantilización paisajística y presión sobre áreas ambientalmente sensibles, muchas veces bajo narrativas asociadas al progreso sustentable.
Precisamente, esas tensiones forman parte de mi línea de investigación doctoral en Ciencias Sociales con orientación en Geografía, desarrollada como becario del CONICET en el Centro de Investigaciones Geográficas de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires. Desde hace varios años, mi trabajo se orienta al estudio del geoturismo, la geoconservación y los conflictos socioterritoriales en las Sierras de Tandil, particularmente en torno a los procesos de valorización del patrimonio geológico y las transformaciones del paisaje serrano.
En ese marco, las actividades académicas y de investigación desarrolladas recientemente en Patagonia, Brasil y Mar del Plata consolidaron una convicción central: el turismo no puede entenderse como una actividad complementaria ni como un simple desplazamiento de visitantes sobre paisajes atractivos. Se trata de una práctica social capaz de producir territorio, ordenar flujos, visibilizar patrimonios y también intensificar conflictos. Por eso, el geoturismo adquiere relevancia estratégica cuando supera la lógica de la visita y se convierte en una mediación entre conocimiento científico, interpretación del paisaje, conservación de la geodiversidad y participación social. Su aporte no reside solo en diversificar la oferta turística, sino en proponer formas más responsables de encuentro entre visitantes, comunidades locales y la dimensión geológica. En esa clave, permite disputar el sentido del turismo convencional, desplazar la centralidad del consumo escénico y construir experiencias territoriales sostenidas en educación, cuidado y pertenencia.
El caso del Parque Nacional Los Glaciares
Uno de esos trabajos tuvo lugar en el Parque Nacional Los Glaciares, en la provincia de Santa Cruz, donde desarrollé el proyecto de investigación titulado “Geoturismo, patrimonio geológico e inclusión socioterritorial en el Parque Nacional Los Glaciares: tensiones y articulaciones en la gestión turística”, autorizado formalmente por la Administración de Parques Nacionales (IF-2025-110109906-APN-DRPA#APNAC). La investigación se inscribe dentro de mi tesis doctoral y propone analizar cómo se articulan los procesos de valorización del patrimonio geológico con las dinámicas de inclusión socioterritorial dentro de uno de los principales destinos turísticos de la Patagonia argentina.

El área de estudio posee una singularidad excepcional. El Parque Nacional Los Glaciares fue declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO debido a su extraordinario valor natural, glaciológico y paisajístico. Sin embargo, detrás de la monumentalidad del glaciar Perito Moreno y de la creciente proyección internacional de El Chaltén, emergen también tensiones vinculadas con el uso intensivo del territorio, la concentración de actividades turísticas y las disputas en torno a las formas de conservación y acceso al paisaje.
Las actividades realizadas incluyeron relevamientos sistemáticos de senderos, centros de visitantes, cartelería interpretativa y materiales educativos; observaciones de campo mediante fichas técnicas; registros fotográficos georreferenciados; entrevistas a actores institucionales vinculados con la Administración de Parques Nacionales, particularmente guardaparques, y a actores territoriales asociados con la actividad turística, como prestadores locales; además de encuestas dirigidas a guías de turismo de la provincia de Santa Cruz. Paralelamente, se efectuó un análisis de documentos de gestión, planes de manejo y normativas vinculadas con el área protegida.
Más allá de los resultados específicos, el trabajo permitió advertir algo central, los territorios patrimonializados nunca son espacios neutros. Constituyen construcciones históricas atravesadas por relaciones de poder, estrategias institucionales, disputas económicas y apropiaciones diferenciales del paisaje. Por ese motivo, el patrimonio geológico no puede analizarse únicamente desde su dimensión escénica o científica. Necesita incorporarse a debates más amplios vinculados con justicia territorial, gobernanza ambiental y derecho al paisaje.
El trabajo de campo permitió identificar una cuestión particularmente sensible en torno a las áreas de amortiguamiento del Parque Nacional Los Glaciares. Más allá de los límites estrictos del área protegida, comienzan a evidenciarse procesos de expansión urbana, incremento de actividades turísticas y nuevas presiones territoriales que podrían comprometer, a mediano plazo, las dinámicas de preservación ambiental. En localidades como El Chaltén —y, en menor medida, El Calafate— emergen tensiones vinculadas con el desarrollo urbano, la intensificación de usos recreativos y determinadas prácticas que requieren mayores niveles de regulación, monitoreo y capacidad de control territorial. En ese contexto, la discusión ya no involucra únicamente la conservación interna del parque, sino también las formas de gestión de los espacios periféricos, de transición y amortiguamiento que articulan conservación, uso público y desarrollo local. Precisamente allí reside uno de los principales desafíos contemporáneos para las áreas protegidas, evitar que las dinámicas de valorización turística debiliten las condiciones ambientales y socioterritoriales que originalmente justificaron su preservación.
Experiencias en Brasil y las Sierras de Tandil
Esa perspectiva también se fortaleció durante la estadía de investigación realizada en la Universidade Federal do Rio de Janeiro (UFRJ), particularmente en el Laboratorio Geodiversidade e Memória da Terra, coordinado por la Dra. Kátia Mansur, una de los principales referentes latinoamericanas en geoconservación y geoturismo. Allí desarrollé actividades de trabajo de gabinete, intercambios académicos con investigadores especializados y salidas de campo orientadas al análisis de geositios, estrategias de geoeducación y experiencias vinculadas con geoparques.
Especial relevancia adquirió la participación en el Geodia realizado dentro del territorio del Geoparque Costões e Lagunas, en Río de Janeiro. La experiencia permitió observar formas de articulación entre divulgación científica, educación territorial y una fuerte participación comunitaria que todavía resultan incipientes en numerosos contextos latinoamericanos. Al mismo tiempo, posibilitó reflexionar críticamente acerca de ciertos procesos contemporáneos donde las categorías UNESCO comienzan a transformarse en sellos de promoción turística desprovistos de transformaciones estructurales vinculadas con conservación efectiva, planificación territorial y fortalecimiento comunitario. En otras palabras, el problema no radica únicamente en declarar patrimonios o geoparques, sino en discutir qué modelo territorial se construye alrededor de ellos.

Esa discusión también apareció con fuerza durante las decimosextas Jornadas Nacionales de Geografía Física, desarrolladas recientemente en la sede de la Universidad Nacional de Mar del Plata y promovidas por la Red Argentina de Geografía Física, bajo el eje “La Geografía Física como abordaje integrado en el análisis y solución a los impactos regionales en un contexto de cambio climático”. Las jornadas constituyen el principal espacio científico nacional destinado a debatir problemáticas ambientales, territoriales y metodológicas vinculadas con la geografía física contemporánea.
Dentro de ese espacio de intercambio, fui ponente de dos investigaciones vinculadas con las Sierras de Tandil. La primera, titulada “El Valle Escondido, un vestigio de las transgresiones del paisaje protegido de Tandil”, la cual fue elaborada y presentada junto a la Mag. Lorena La Macchia y el Dr. Jorge Lapena. La segunda, “El rol de la dimensión geológica del territorio en los procesos de patrimonialización. El caso del geositio El Cortijo”, desarrollada junto al geólogo Simón Talavera Barraza. Ambos trabajos permitieron discutir cómo los procesos recientes de valorización inmobiliaria, expansión urbana y turistificación producen nuevas tensiones sobre el paisaje serrano tandilense.

En Tandil, como en diversos otros territorios latinoamericanos, la disputa ya no ocurre solamente por el suelo. También involucra el control simbólico del paisaje, las formas de acceso al patrimonio y la definición misma de aquello que debe conservarse. Por esa razón, la dimensión geológica del territorio dejó de ser una cuestión exclusivamente física o natural. Hoy constituye un componente central dentro de debates vinculados con memoria territorial, planificación urbana, conflictos ambientales y modelos de desarrollo.
Quizás uno de los aspectos más significativos de estos recorridos académicos y territoriales resida precisamente en la posibilidad de construir redes de intercambio entre investigadores, instituciones y experiencias latinoamericanas que trabajan problemas similares desde contextos diferentes. En tiempos atravesados por crisis económica, climática, fragmentación territorial y mercantilización creciente de la naturaleza, la producción científica necesita recuperar visibilidad y compromiso comunitario.
La investigación territorial no puede limitarse a describir paisajes excepcionales ni a producir diagnósticos técnicos desconectados de las realidades locales. Requiere escuchar actores sociales, interpretar desigualdades espaciales, comprender procesos históricos y discutir modelos de territorio. En ese sentido, el geoturismo posee potencial para transformarse en una herramienta de geoconservación, educación ambiental e inclusión socioterritorial, aunque solamente si logra desprenderse de perspectivas reducidas al consumo paisajístico desde un enfoque escénico y mercantil.
América Latina posee una de las mayores riquezas geológicas y paisajísticas del planeta. También arrastra profundas desigualdades territoriales y fuertes presiones extractivas sobre numerosos territorios. Frente a ese escenario, la valorización del patrimonio geológico exige algo más que discursos institucionales sobre sustentabilidad. Necesita planificación territorial, participación comunitaria, políticas públicas consistentes y una ciencia capaz de intervenir críticamente en los debates contemporáneos.
Porque, finalmente, los territorios no se conservan únicamente mediante normativas o declaratorias internacionales. También se preservan a través de las formas en que las sociedades deciden habitarlos, narrarlos y defenderlos.




